10 años del 11-s





La última superviviente

Un reportaje de   por Francesc Peiron (texto) y Lauren Hermele (fotos)
 

Genelle Guzman rememora, en el décimo aniversario de los atentados contra las Torres Gemelas, cómo vivió aquel fatídico 11 de septiembre del 2001. En el derrumbe de la torre 1, donde trabajaba, quedó enterrada bajo los escombros y fue la última persona rescatada con vida, 27 horas después. El atentado, afirma, le cambió la vida, para mejor
 
Genelle Guzman figura como una de las ocupantes de las Torres Gemelas, de 110 pisos cada una, aquella lúgubre fecha en la que Estados Unidos descubrió su vulnerabilidad en su propia casa. Era una de las 14.154 personas que debían estar trabajando o de visita laboral en el interior de los edificios uno y dos del World Trade Center (WTC) cuando se produjo el ataque con dos aviones comerciales.

Al producirse ambos desplomes, muy pocos sobrevivieron de cuantos quedaban en sus interiores. Fue una tragedia de vivos y muertos, con muy pocos heridos. Escasamente media docena fueron rescatados con vida en las ruina del emporio económico. Genelle Guzman ha pasado a las crónicas como la última superviviente sacada de entre los escombros, enterrada en vida durante 27 horas.
 
“Cada vez que escucho esas palabras siento el estupor de que no hubo nadie más después de mí”. En vísperas del décimo aniversario, ha publicado una narración sobre su experiencia, Angel In The Rubble –un ángel en los escombros– (Howard Books-Simon & Schuster).

El título hace referencia al misterioso personaje –Paul– que, según ella, le tendió la mano justo cuando los rescatadores estaban a punto de dar con ella. “Paul debió de ser mi ángel”, insiste. En la narración del “milagroso rescate de la última superviviente del 11-S” ha colaborado el periodista William Croyle.

Cada vez que escucho esas palabras siento el estupor de que no hubo nadie más después de mí”

“He escrito este libro porque quería compartir con el mundo mi transformación. Soy una persona totalmente diferente. Antes sólo pensaba en divertirme, en ir de fiesta, pero la estancia entre los escombros cambió mi vida, encontré a Dios en el desastre. Ahora entiendo a mi madre cuando intentaba enseñarme el verdadero compromiso. Supe que no quería volver siendo la misma Genelle”.

Dieron con ella el 12 de septiembre, a las nueve y media de la mañana. Desde que un bombero gritó “aquí hay una persona viva” hasta que la desenterraron, pasaron casi cuatro horas de compleja tarea, por la cantidad de material que le había caído encima.

Esta mujer treintañera hacía sólo un par de años que había salido de su Trinidad natal –creció junto a nueve hermanos– para instalarse en Nueva York. Como tantos otros, como millones de ciudadanos del mundo, iba detrás de un sueño. “Desde niña anhelaba ser bailarina profesional. Creo que tenía cierto talento para bailar y cantar”. Pese a su determinación para quedarse en la Gran Manzana, pronto comprendió lo fácil que resulta soñar y lo difícil que es despertar. “En lugar de prepararme para hacer realidad mi deseo, me dedicaba a salir de noche, a ir a clubs, beber, relacionarme”.

Sí, muchas veces me lo he preguntado, ¿por qué yo?, ¿por qué no fueron mis compañeras de trabajo, mis amigas?"

Tuvo diversos trabajos, de cuidadora de niños a secretaria, que es el cargo temporal que desempeñaba en la Port Authority (Autoridad Portuaria), la institución pública propietaria de los terrenos del WTC y que gestiona las infraestructuras de la ciudad y de Nueva Jersey. A principios del 2001 consiguió su puesto con trampas. Su visa o permiso de residencia había caducado. Era una indocumentada.
En su país dejó a su primogénita, Kimberly, nacida de una relación que finiquitó allí antes de lanzarse a la aventura estadounidense. Hoy es una más de las residentes en esta casa, donde se escucha el canto de los pájaros. Kimberly ya tenía 12 años el día en que pensó que su madre había desaparecido para siempre.

“Sí, muchas veces me lo he preguntado, ¿por qué yo?, ¿por qué no fueron mis compañeras de trabajo, mis amigas?, ¿por qué fui yo la elegida entre todos?, ¿por qué tenía que ser yo la que se salvara, con qué propósito?, ¿por qué sobrevivir, qué tenía por hacer?”.

A Genelle el ataquele cogió en la planta 64 de la torre norte el instante del impacto del primer avión, el vuelo 11 de American Airlines, que despegó de Boston en ruta a California. El aparato iba a casi 700 kilómetros por hora en el momento en que colisionó, entre los pisos 93 y 98.

“Pensé, ¡oh Dios, qué es esto! Hubo un gran bamboleo, el edificio se cimbreó de un lado a otro. La primera idea que me vino a la cabeza es que se trataba de un terremoto”, explica como si acabara de ocurrir. “En los 28 años que viví en Trinidad, había experimentado pequeños terremotos en diversas ocasiones. Sabía que la actividad sísmica en la costa este estadounidense era más bien rara, pero no encontraba otra explicación lógica a lo ocurrido”.

El 11 de septiembre del 2001 se despertó a las 6.40 en su apartamento de Brooklyn. “No había nada que me hiciera sentir infeliz, mi vida era buena. Me puse mi falda, mis tacones, me maquillé, cogí el metro. Me sentía emocionada por acudir a la oficina porque ese día teníamos que concretar el viaje de vacaciones a Miami que programaba para octubre con mi compañera Rosa González. Me sentía con muy buen ánimo”.

Llegó a la planta 64 de la torre uno, o norte, a las ocho y cinco. Nada más dejar sus cosas, bajó al piso 44, donde se ubicaba la cafetería. “Cogí mi chocolate caliente y mi baggel y regresé a la oficina”. Entonces se produjo el cimbreante movimiento del rascacielos, el susto. “Nadie parecía herido, la gente no había perdido la calma, pero vi por las ventanas que empezaban a caer papeles y otros materiales”.

Genelle, en cambio, asegura que 30 plantas más abajo del punto de deflagración no sabían a qué se debía lo que estaba sucediendo. “No teníamos ni idea. Al cabo de unos diez minutos, mi compañera Rosa me comentó que había escuchado a unos que hablaban del impacto de un avión. Pensé que sería una avioneta”.

“Empezamos a tener consciencia de la realidad –recuerda Genelle– por las llamadas que hacíamos a familiares y amigos. Supimos que era un atentado terrorista, que un segundo avión había impactado en la otra torre. Toda mi vida pasó por mi cabeza, me preguntaba si vería de nuevo a Kimberly”. En una de las salas de reunión lograron encender un televisor. Pánico total. “No me podía creer lo que veía. Comprendí que había gente muerta en los pisos superiores, y que otros estaban atrapados. De repente, tuve la necesidad de escapar”.

Sintieron cómo el edificio se balanceaba por el impacto del derrumbe del gemelo. Un par de minutos después iniciaron el descenso a pie los 16 empleados de la Autoridad Portuaria que continuaban en la planta 64. Uno de los responsables de la empresa, Pasquale Buzzelli, comandó la operación. Buzzelli es el otro que sobrevivió al derrumbe. Quedó inconsciente, lo hallaron a las cuatro horas del hun¬dimiento.

Todos cogidos de la mano, en fila. Genelle se apoyaba en sus amigas Rosa y Susan. Explica que descontaba pisos y se fijó en diversos mojones para darse ánimos, “ya hemos superado el 50, el 30”, dice que se decía. “Nos cruzamos con tres bomberos que subían. Nos remarcaron que debíamos tener cuidado. Al verles pensé que la situación afuera tal vez no era tan grave, porque, en caso contrario, no estarían subiendo”.

Había una cosa que añadía algo más de dificultad al descenso: sus zapatos de tacón. Sus amigas le insistían en que se los quitara. Ella se resistía: “¿Cómo caminaré luego en la calle?” se preguntaba.

Pero en la planta trece no podía más. Se soltó de las manos, se agachó y entonces se produjo el gran cataclismo. “El ruido fue increíble, Rosa, mi amiga, intentó cogerme de la mano, no pudo, empecé a caer en medio de objetos. El colapso se prolongó unos segundos aunque me pareció una eternidad”.

Genelle se dio cuenta de pronto de que había quedado sepultada entre placas de cemento, amasijos de metal, trozos de mobiliario. A oscuras en pleno día.

“Cualquier movimiento me resultaba imposible, mi cuerpo estaba totalmente aterido por el dolor. Cerré los ojos, pensaba que estaba soñando. Me decía: ‘OK, cierro los ojos, los abro e intento levantarme’. Pero no pasaba nada. Me repetía: ‘Esto no está sucediendo, el edificio no se ha caído’. Cerraba los ojos, los abría, y todo seguía igual. Comprendí que era real, que las 110 plantas se habían derrumbado y yo ahí, nadie vendría a buscarme, no volvería a ver a mi familia, a Kimberly”.

Asegura que no perdió la conciencia, pese a que en ocasiones se durmió. “Al principio escuché una voz de hombre que gritaba ‘socorro, socorro, socorro’. Luego sólo había silencio, un gran silencio”. Vista su situación, en Genelle anidó la única idea de que iba a morir. Pero pasaban las horas.

“Empecé a pensar en vivir, en salir de allí. Supe que quería volver a ver a mi hija, me imagine que sería muy bonito hacer de madre, tener una familia. Supliqué a Dios que me diera una segunda oportunidad para completar lo que debía hacer. Creo que sobre todo fue mi hija la que me dio la energía”.

Rezar ocupó entonces la mayor parte de su tiempo. Al principio sentía frío, luego cada vez hacía más calor. El silencio dejó paso a sonidos de sirenas, al biiip de la maquinaria, al susurro de los walkie-talkies.

Y apareció Paul, su misterioso ángel, que le dio la mano pese a que ella se hallaba sepultada. “¿Cómo pudo dar conmigo?”, se plantea. “Ellos están aquí”, me dijo.

El perro Trakr ya había dado la señal de que debajo de los escombros había alguien con vida. Rick Cushman y Brian Buchanan, dos guardias nacionales, dejaron sus casas de Massachusetts en cuanto vieron por la tele lo que había sucedido en Nueva York. Rick y Brian, junto a un bombero, formaban el equipo que descubrió a Genelle. El cadáver de un bombero había amortiguado el golpe del aterrizaje de sus piernas.

“Me preguntaron si podía ver la luz, yo no la veía”. Cuatro horas después la sacaban entre aclamaciones. La trasladaron al hospital Bellevue, del que salió el 29 de octubre, a las siete semanas del ingreso. Empezó un largo proceso de recuperación.

“Nunca he tenido un mal sueño por el 11-S. Me cambió la vida de forma drástica y soy feliz. De no haber estado allí o de haber huido rápido, yo seguiría saliendo por las noches, de club en club, bailando, soñando con alguna de esas casas que veía en la tele o con encontrar un marido rico, ja, ja, ja. Pero ahora soy feliz, me encanta mi vida, es mucho mejor que la de antes”.

Que no ha sufrido pesadillas lo ilustra con una experiencia personal. Tras recuperar la normalidad física, el primer avión al que se subió fue un vuelo de American Airlines con destino a Boston. “Pensé, ‘¡Dios, mi vida está en tus manos, tú me salvaste y lo que me pase estará bien!’ Había tenido una lección de vida y no iba a estar asustada. Si es mi tiempo de irme, estoy preparada, antes no lo estaba”.

Reconoce que una de las preguntas que más le han formulado durante estos años es si ha perdonado a los terroristas. “Posiblemente sí, porque nunca he permitido que ellos controlaran mi existencia después del 11 de septiembre. Me causaron mucho daño, pero ese tiempo enterrada en vida me permitió encontrar un lugar de paz sin odio hacia nadie”. Desde entonces, participa activamente en una iglesia de Brooklyn.

Aún se emociona, sin embargo, al recordar a su amiga Rosa, a la que vio por última vez en el descenso de la torre norte.

–¿Qué sintió con la muerte de Bin Laden?.

–Sentí alivio, hizo algo terrible. Alivio por las familias de los que murieron, porque ese hombre ideó esta tragedia. También sé que esto no ha terminado, hay más amenazas.

–¿Usted también celebró la muerte del enemigo público número uno?
–Mucha gente celebró la desaparición de Bin Laden. Yo no voy a celebrar la muerte de nadie. Yo celebro la vida.




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